El objetivo de construir una escuela justa exige preguntarse por las prácticas de enseñanza que contribuyen a lograrlo.
¿Qué tipo de prácticas de enseñanza favorecen la mejora de los aprendizajes de todos sin dejar a nadie atrás?
¿Desde dónde partir para diseñar la enseñanza en grupos con alumnos con distintos tipos y niveles de dificultades?
Son preguntas que aparecen a diario en la vida de muchos docentes. Cada vez que sienten que alguno de sus alumnos se queda atrás, vuelven a preguntarse: ¿cómo se hace para trabajar al mismo tiempo con alumnos tan distintos?
Florian y Black-Hawkins (2011) trabajaron este tema durante muchos años, y se adentraron en las aulas de escuelas inclusivas para responder preguntas como estas. Llegaron al concepto de “pedagogía inclusiva” para referirse al conjunto de concepciones y prácticas que caracterizan a la actuación de los docentes en este tipo de escuelas.
Esta y otras investigaciones muestran que no hay recetas mágicas ni inéditas para responder al desafío de lograr calidad y equidad en el aula. Lo que define a la pedagogía inclusiva y a los docentes que la practican no es un conjunto de prácticas definidas y preestablecidas sino, principalmente, una clara convicción acerca de las capacidades de sus estudiantes. Hart, Dixon, Drummond y McIntyre (2004) resumen esta idea con el concepto de “transformabilidad”: los docentes que practican
una pedagogía inclusiva están convencidos de que las capacidades de sus alumnos no son fijas ni están pre-determinadas; por el contrario, creen que pueden transformarse como resultado de sus acciones en el presente. Son docentes que mantienen altas expectativas sobre sus alumnos, y que trabajan para que ello se traduzca en la autoconfianza de cada uno.
Una de las claves de esa posibilidad de transformación está en las interacciones: aprendemos más cuantas mayores y más diversas con las interacciones que tenemos. Un ejemplo, es el conocido beneficio de la cooperación entre pares en la escuela: los más avanzados enseñan a quienes encuentran más dificultades y, en el camino, consolidan sus conocimientos y habilidades.
Algunas de las traducciones prácticas de la pedagogía inclusiva son: el diseño de actividades
que estimulan las discusiones y el diálogo entre alumnos; el planteo de reglas que favorecen la colaboración más que la competencia; la retroalimentación enfocada en resaltar los logros y ofrecer oportunidades para superar las debilidades con fines formativos; y la organización deliberada de grupos de trabajo heterogéneos.
En resumen, los docentes que trabajan desde la pedagogía inclusiva dejaron de pensar en estrategias de enseñanza para “la mayoría” de los alumnos, por un lado, y en “adaptaciones” o estrategias específicas para los que tienen más dificultades, por el otro; han logrado en cambio basar su práctica en propuestas didácticas ricas orientadas a todos, valorando la riqueza de las interacciones, las altas expectativas y el clima colaborativo para la mejora de los aprendizajes.
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